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La desaparición de la antigua panadería de la calle Embajadores, esquina a Rodas

El edificio de la calle Embajadores 40 tenía protección estructural, y la antigua panadería sólo tenía protección exterior, es decir, la fachada, y además con un nivel muy bajo de valor ambiental, que es una catalogación que detesto porque permite hacer algo peor que la desaparición, como es la propia destrucción, unida a reinterpretaciones folkloristas y banales a gusto de cualquier promotor desaprensivo.

Es decir, que la catalogación del local era baja, en un nivel que permite cualquier cosa incluido el derribo, y el edificio, que tendría que haberse mantenido por tener valor estructural, ha purgado el pecado de tener sólo dos plantas donde se pueden hacer cinco o seis. El argumento de la ruina es sólo un pretexto, y las ruinas ya sabemos que se pueden propiciar por abandono o mediante acciones interesadas.

El viejo caserío de Madrid está en permanente estado de riesgo. Hay muchos intereses detrás y promotores que desearían arrasar manzanas enteras del casco histórico para hacer sus meganegocios en un lugar de rentabilidad asegurada, y las administraciones que deberían velar por esas casas son entes esquizofrénicos que por un lado protegen y por otro favorecen a los depredadores, porque en ellas se mezclan los técnicos honestos con otros personajes ligados al mundo inmobiliario que han escalado puestos para estar cerca de donde se toman las decisiones.

Los vicios y los riesgos los conocemos y están ahí, el problema es no contar con los instrumentos de control y defensa necesarios para que esas presiones no lleguen nunca a cumplir sus objetivos. Por un lado, hay que hacer una labor de difusión cultural en defensa de los enormes valores que nos transmite la integridad del legado histórico; y por otro, hay que exigir mucho más control democrático. No puede ser que los ciudadanos nos vayamos enterando de los desastres cuando ya no tienen remedio.

Vemos que, de repente, tiran esta casa, que es uno de los restos posiblemente más antiguos del caserío madrileño, pues presenta una estructura ruralista que nos remite a tiempos anteriores a las Ordenanzas de Juan de Torija, de 1661, o las inspiradas por Juan de Villanueva en el siglo XVIII, que imponen pautas de construcción más ordenada.Porque somos soñadores y sabemos que soñar es un riesgo, pero ese esquinazo que aparece en el plano de Texeira donde desemboca la calle de la Rueda, cuyo nombre ha sido curiosamente transvasado a calle Rodas, bien podría ser esta humilde casita derribada sin piedad.

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